No será este anciano escritor el que burle la historia ni el que intente menospreciar la clásica figura del “pillo” español. Por razones que se me escapan parece que los nacidos en la piel de toro terminan por desarrollar un gen especial burlesco, en ocasiones divertido, en otras simplemente ridículo.
La situación nos conduce a uno de los muchos centros comerciales que encontramos repartidos por la geografía española. En ellos, una pareja de chicos jóvenes adquieren una radio para el coche después de una animada charla y preguntas al vendedor de turno. Tras abonar su compra y con la sensación del deber cumplido por parte del vendedor ambos abandonan el edificio.
A la mañana siguiente, esa misma pareja de chicos jóvenes regresa al lugar del “crimen” (o del futuro intento de crimen) y con la caja en perfecto estado se dirigen al vendedor. Al final, según cuentan, han cambiado de idea y optan por descambiar la radio y llevarse otra cosa en un futuro. El vendedor toma entre sus manos la caja, y tras examinarla concluye que, en efecto, está en perfecto estado. Sin embargo, la norma dice que la caja, pese a encontrarse en el mismo estado que cuando fue adquirida, debe ser abierta y comprobado el interior, algo que la pareja de jóvenes ignora.
Tras hacerlo, en el lugar dónde debería haber una radio se encuentra un montón de piedras, elegidas cuidadosamente para que el peso final de la caja sea exacto al de la radio. El vendedor sostiene entre sus manos las piedras y pregunta a la pareja de jóvenes, los cuales, muy serios afirman que la radio venía así, y que ellos en absoluto han tenido nada que ver.
El vendedor se queda perplejo y, con una sonrisa gigantesca al parecer se dirige a la pareja en cuestión y les dice, más o menos con estas palabras “¿ No recordáis que estuvimos abriendo la caja, viendo el interior para ver qué conexiones llevaba y que yo mismo la volví a cerrar?. La pareja queda perpleja y es cuando uno de ellos cae en la cuenta de que el día anterior, ese mismo vendedor, llevaba un par de gafas que, en ese instante, tenía guardadas en el bolsillo a la espera de limpiarlas.
Ignoro si existe un manual del perfecto pillo o del chorizo ideal, pero si existiera en alguno de sus artículos principales debería decir algo así como “Art.12. Una buena memoria es necesaria para cierto tipo de delitos.” Confieso, querido lector, que habría pagado grandes cantidades de dinero (de ese que no poseo) para ver la cara de los genios del mal que intentaron llevar a cabo la fechoría.